Siria, la diplomacia ausente

Hace exactamente dos años escribí un artículo sobre la dramática situación en Siria. Denunciaba en él el horror de la guerra, las cifras inaceptables de fallecidos y la destrucción de todo un país. Hoy, dos años más tarde, la situación es todavía más apocalíptica. El número de muertos ha seguido creciendo. Los desplazados y refugiados siguen siendo más de 12.000.000 de personas y las imágenes de la destrucción y el sufrimiento de la población son insoportables.

Solo hay una verdad incontestable: el fracaso de la comunidad internacional.

Tras la reciente intervención militar norteamericana, todo parece volver paradójicamente al punto de partida. Como si estos seis años no nos hubieran enseñado nada. Como si los miles de fallecidos no nos interpelasen para parar esta sangría humana. Como si el patrimonio histórico de la humanidad de Palmira no reclamase una protección permanente y el final de su saqueo y destrucción. Por lo tanto, deberíamos extraer algunas lecciones. Las últimas actuaciones diplomáticas no auguran buenas perspectivas. La mayor paradoja es que los líderes mundiales coinciden en proclamar fuerte y alto que “no hay una solución militar al conflicto”, diagnóstico acertado y que comparto plenamente pero, una vez manifestada esta clara aseveración, inmediatamente optan por incrementar las intervenciones militares y en volver a poner ‘precondiciones’ para negociar.

Todos deberíamos coincidir en que el objetivo número uno es derrotar a Daesh y que para ello es necesario intervenir militarmente. En esta confrontación contra el Estado Islámico, los diferentes actores deben unirse y no debilitarse mutuamente. Pero, al mismo tiempo, necesitamos una hoja de ruta para el futuro político de Siria. De nuevo, la comunidad internacional y, en particular occidente, vuelven a obsesionarse con la presencia o la salida de Bashar Al Assad. Nadie puede justificar y todos debemos condenar sin fisuras la utilización de armas químicas y del gas sarín contra niños indefensos. Corresponde a Naciones Unidas establecer una Comisión de Investigación que, con rigor, identifique quién es el responsable y cómo se produjo tal catástrofe.

Mientras tanto, es urgente negociar una solución política y esta no puede excluir al actual régimen sirio. Los negociadores deben intensificar sus trabajos en Ginebra y tratar de buscar soluciones pragmáticas. Nuestra única y  legítima preocupación es la vida y seguridad de los sirios. El futuro de Bashar Al Assad lo definirán los propios sirios o los Tribunales internacionales. Cuanto más insistamos sobre el cambio de régimen seremos menos capaces de poner en marcha una dinámica de solución política.

Cinco años se perdieron por la negativa a negociar ante el ultimátum de una salida del presidente Al Assad. Pasemos urgentemente a exigir una transición política inmediata.

En Moscú, norteamericanos y rusos parecen que querrán decidir solos el futuro de Siria. El mundo ha cambiado, y aunque nos felicitemos de un entendimiento ruso-norteamericano, nosotros, lo actores relevantes, tenemos mucho que decir y aportar. Este es el caso de Europa.

La UE no puede continuar estando ausente de las futuras negociaciones. Es injustificable que los europeos no estuviésemos presentes en Astana y que el futuro de Siria recaiga en una simple negociación bipolar Rusia-EE UU. En esta nueva etapa que se abre con la administración Trump no basta con que Europa condene la utilización de armas químicas y ‘comprenda’ la intervención militar de EE UU -por cierto sin aval ni autorización de Naciones Unidas – sino que debe formular su propia estrategia  y desplegar toda su diplomacia sin descanso ni tregua hasta que la guerra finalice.  No es suficiente  la ‘Drone Diplomacy’, es decir la diplomacia a distancia, no bastan declaraciones, hace falta una diplomacia permanente, insistente, sobre el terreno, que busque y logre detener todo este sinsentido internacional.

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