Luces y sombras en las transiciones democráticas de los países del Sur del mediterráneo: el papel de Europa

Publicado en el Anuario del IEMED

  1. Introducción

Al mirar por el retrovisor de la historia, todos los que modestamente militamos en favor de un proceso de integración euro-mediterránea, hace ahora más de 25 años, nos podríamos sentir frustrados en parte. Muchos de los sueños y de los objetivos que nos fijamos en aquel entonces: paz, prosperidad y modernidad para nuestro “mar común” aún no son realidad hoy. Y al mismo tiempo, nos podríamos sentir satisfechos de que fuimos lo suficientemente visionarios para identificar en aquellos años los riesgos y desafíos que esta zona podría representar para Europa. Hicimos sonar las alarmas y desvelamos que los verdaderos riesgos de seguridad para el futuro de Europa vendrían del Sur. Denunciamos el desinterés por la política euro-mediterránea de nuestros socios del Este y del Norte, y reclamamos una mayor atención a esta área vital para los intereses estratégicos de la ciudadanía europea.

Hoy, al escribir estas líneas y en el umbral del vigésimo aniversario de la celebración de la Conferencia de Barcelona, creo que podemos sentirnos más legitimados que nunca para exigir una verdadera movilización de la clase política europea. Las dificultades anunciadas en aquel momento están explotando delante de nosotros en las capitales y las fronteras de Europa. Los atentados de París y Túnez, las guerras abiertas en Libia y Siria, y la desestabilización generalizada en Oriente Próximo, deberían ser razones suficientes para que nuestros dirigentes se fijasen como “la prioridad de las prioridades” este espacio-frontera. El Mediterráneo se fractura, las diferencias económicas se agrandan y el “Mare Nostrum” se convierte en un cementerio de inmigrantes en busca de una vida mejor. Además, el choque de civilizaciones parece darle la razón a Samuel Huntington y la historia cultural y civilizacional mediterránea se compartimenta y aísla en universos excluyentes. Ante esta situación Europa debe reaccionar con celeridad, voluntad política y eficacia, aunque no sin antes comprender cómo hemos llegado a esta situación que rebasa todos los límites imaginados.

2.Antecedentes de los procesos de cambio

El año 2010 podría haber sido el de la consolidación de la política mediterránea de la UE y, a su vez, de la Unión por el Mediterráneo (UPM). Sin embargo, fue un tiempo fallido. El gobierno español, que ostentaba la Presidencia de turno de la UE, tuvo que ejercerla bajo un nuevo marco: el Tratado de Lisboa. Las nuevas reglas europeas otorgaban al Presidente del Consejo Europeo y a la Alta Representante las competencias para impulsar la Política Exterior europea. A la Presidencia de turno le correspondió solamente acompañar ese esfuerzo sin la capacidad ni los instrumentos del pasado, a pesar de que la Presidencia buscó el protagonismo de las áreas que consideró de mayor interés. España, como era lógico, tenía la voluntad de que el Mediterráneo figurase como uno de los ejes prioritarios de su Presidencia. En 2010 se cumplían los 15 años de la Declaración de Barcelona y, con motivo de esta efeméride y dada la situación en la región, era exigible un mayor compromiso político europeo para tratar de solucionar los desafíos de la zona. Sin embargo, no fue posible convocar la II Cumbre de la UPM, tras la de París en 2008. Las razones fueron múltiples. Al margen de los celos y el protagonismo de Francia, que quería seguir ejerciendo la presidencia de la UPM y convocar una Cumbre extraordinaria en París sobre el proceso de Paz en Oriente Medio, la intransigencia de algunos Estados árabes dificultó en extremo la convocatoria. Se negaron a sentarse en la misma mesa con Israel y, en particular, con su Ministro de Asuntos Exteriores. Además, la efervescencia comenzó a manifestarse en la mayoría de los países de la ribera Sur, lo que tampoco favoreció la creación de la atmósfera necesaria para celebrar el encuentro de alto nivel.

Recuerdo mi último intento, fuera ya del gobierno y un poco a la desesperada, donde traté de convencer a los dirigentes árabes de que aceptasen acudir a esta cita en noviembre de 2010. Visité las principales capitales del Sur y logré convencer a la mayoría de los Jefes de Estado. Fue la última vez que vi a Ben Ali en su palacio de Cartago. Pero Bruselas, que era quien debía decidir sobre la convocatoria de esta reunión, prefirió no forzar una Cumbre que no tenía en aquel entonces garantías de éxito. Europeos y árabes conscientes, o más bien inconscientemente, decidimos implícitamente que el normal discurrir de los acontecimientos nos conduciría hacia una “crisis anunciada”.

3.La Primavera Árabe, del entusiasmo europeo al distanciamiento

La inmolación del tunecino Mohamed Bouazizi y la caída de Ben Ali a comienzos de 2011, así como las subsiguientes movilizaciones y cambios que se produjeron en Egipto, Libia y Siria y, prácticamente, en todo el mundo árabe, se recibieron con gran entusiasmo en las capitales europeas. Parecía que el mundo arabo-musulmán entendía clara y definitivamente los valores y principios europeos. Y la puerta de la modernidad se abría en la dirección de sociedades que deseaban ser y constituirse con patrones propios del mundo occidental. “Bienvenidos a la democracia” fue el eslogan que se escuchó insistentemente en buena parte de las cancillerías europeas. ¡Por fin¡ “los árabes” se rendían y se adaptaban al modelo europeo-occidental. Todo se sucedía conforme a las previsiones, un tanto ingenuas, de los analistas bruselenses. No obstante, rápidamente se pudo constatar la falta de análisis serios y la profunda ignorancia de los pseudo-expertos europeos que no supieron prever y comprender las contradicciones y la situación sobre el terreno de estos países. Europa no entendió, o no quiso entender, la profundidad y la trascendencia de los cambios que se producían en toda la región.

En esta situación de impasse se produjo el “tsunami revolucionario” en el que está inmerso el mundo árabe. Los acontecimientos deberían haber sacado del sopor a la clase política europea, que no reaccionó con la energía y la visión que mantuvieron González, Kohl y Mitterrand con la ampliación europea hacia el Este, en la declaración sobre la caída del muro de Berlín a finales de 1989 y comienzos de 1990. El Norte de África y el mundo musulmán asistían a un momento estelar de su historia. Sin embargo, la respuesta europea, en mi opinión, fue tardía, silenciosa y sin el suficiente empuje y compromiso político, económico y financiero.

Esa actitud no se puede justificar por la crisis internacional y endógena que viven los países de la Unión Europea. Se argumentará que merced a varios Estados europeos se evitó una nueva barbarie contra los ciudadanos de Bengasi y que la responsabilidad de proteger se puso en marcha por primera vez para detener la locura sangrienta del líder libio. Todo ello es cierto, y seguro que podemos encontrar aún otras muchas otras razones para “justificar” la reacción europea, pero será difícil de explicarles a los ciudadanos árabes que salieron a las calles de Túnez, El Cairo y Bengasi nuestra reacción, pues proclamaron los principios y los valores que muchos europeos consideraban antitéticos con la cultura e idiosincrasia arabo-musulmana. ¿Cuántas veces hemos escuchado en círculos políticos y cenáculos que árabes o musulmanes no casaban con la democracia y la libertad, que la umma no permitiría a los ciudadanos defender sus derechos y libertades? Pues bien, los movimientos sociales árabes nos dieron una lección de modernidad, de participación (Twitter, Facebook…) y de civismo en sus primeros pasos. Y necesitaron de una respuesta más positiva y comprometida de sus vecinos europeos.

El Consejo Europeo tardó en pronunciarse sobre la Primavera Árabe más de dos meses; es decir, ocho semanas después de la caída de Ben Ali y abocado por la intervención militar en Libia. La respuesta fue ambigua y sin propuestas políticas, económicas y financieras acordes a las dimensiones y urgencia de los acontecimientos. La primera reacción de la UE se podría haber entendido y valorado positivamente, pues era el comienzo del proceso, aunque éste tomó un ritmo y una intensidad cada vez mayores, tanto geográfica como estratégicamente. Desde el Consejo Europeo de mayo de 2011 hasta prácticamente el año 2013 no hubo una sola reunión que dedicase una línea o comentario a lo que estaba ocurriendo en toda la fachada Sur del Mediterráneo. Ni tan siquiera en octubre, dos días después de la primeras elecciones democráticas de Túnez y tras cuatro días del final de la guerra de Libia. Los jefes de Estado y de Gobierno no saludaron y apoyaron estos procesos. El distanciamiento fue también la tónica de los posteriores Consejos Europeos. Hemos tenido que esperar a la llegada del nuevo equipo dirigente de la UE para empezar a observar un progresivo interés por la zona. La Alta Representante, Federica Mogherini, parece dispuesta a prestar la atención debida a este escenario a la que su antecesora no destinó los esfuerzos y la atención exigibles a Europa.

4.El papel de Europa en las crisis

En cada una de las crisis políticas, sociales y económicas de la ribera Sur del Mediterráneo se ha apreciado una ausencia de involucración europea, así como un freno al diálogo político-diplomático.

Túnez.

En un principio este país fue una excepción por el esfuerzo del representante de la UE, Bernardino León, que sacó adelante el proceso interno de reconciliación con altibajos y contradicciones, y de forma personal y voluntarista. En Túnez se colmaron las aspiraciones democráticas de la sociedad, deseosa de dar un paso definitivo hacia la modernidad. Los países convulsionados por las crisis internas no recibieron ni la ayuda ni el compromiso suficiente por parte europea. Túnez, tras el dramático atentado del museo del Bardo, necesita con urgencia que la Unión Europea apruebe una serie de medidas diplomáticas, económicas y sociales, aunque a la vista de los hechos no estoy convencido de que se vayan a producir a corto plazo.

Egipto-Libia.

En los casos de Egipto y Libia, probablemente, la política europea hacia el Norte de África haya seguido mimética e “inconscientemente” los planteamientos y las políticas norteamericanas.

Washington, por distintas razones y análisis, creyó equivocadamente que había llegado la hora del “islam político” a la fachada del Norte de África. Interpretó que en esas circunstancias lo más aconsejable era apoyar y ponerse “al frente de la manifestación” para favorecer “los cambios de régimen”. Por ello, sostuvo a los Hermanos Musulmanes que fueron la fuerza política más votada en los distintos procesos electorales egipcios y que provocaron irreversiblemente un “tsunami islamista”.

Esta visión, que se puede considerar legítima aunque discutible, la adoptaron los europeos sin una reflexión y debate rigurosos. Creyeron en las bondades del Presidente Morsi y se adoptó una resolución en el Consejo de Seguridad de NN.UU que permitía una intervención militar en Libia para impedir la utilización del espacio aéreo en ese país. Nadie levantó la voz cuando las potencias occidentales se extralimitaron en su aplicación. Cayó el tiránico y arbitrario “Coronel Gadafi” pero, al margen de la “foto opportunity” del Presidente Sarkozy y del Primer Ministro Cameron en Trípoli, en este país no se vio ninguna misión europea. Ni el Presidente del Consejo Europeo ni la Alta representante viajaron a Libia y no hubo un seguimiento del “post conflicto”. Hoy la situación es explosiva y sólo se entiende por la complejidad tribal del país y por la inacción de la comunidad internacional, en general, y de Europa, en particular.

Siria.

Este país es quizás el paradigma de la desorientación de los análisis occidentales y de la falta de estrategia político-diplomática, lo que ha cristalizado en uno de los conflictos más graves de nuestro siglo. Se evaluó erróneamente la propia realidad política Siria y se creyó que, al igual que con Ben Ali y Mubarak, Bashar al Assad caería como una ficha de dominó tras las distintas revueltas pacíficas de la ciudadanía. ¡Cuántas veces hemos escuchado en los círculos políticos-diplomáticos europeos que al Assad no llegaría a finales de año…! Han pasado ya cuatro y la situación es catastrófica.

La indiferencia y la ausencia de grandes movilizaciones de la comunidad internacional y de sectores de la opinión pública mundial pero, sobre todo, de la opinión pública europea, han impedido elevar la exigencia a nuestros dirigentes políticos y reivindicar otro tipo de actuaciones. Nunca es tarde cuando lo que está en juego es salvar vidas humanas y detener la espiral perversa de la violencia y la destrucción. Al observar y examinar el por qué se ha llegado a esta situación, todos nos deberíamos preguntar por qué la comunidad internacional ha sido incapaz de evitar esta tragedia; tragedia que algunos piensan olvidar o no reconocer y donde más de 200.000 personas han perdido la vida, mientras se desmiembra el país. Y se fragmenta en distintas comunidades enfrentadas, lo que ha provocado el desplazamiento de cerca 12.000.000 de personas. Quizás lo fácil sea señalar con el dedo a los principales responsables o a aquellos que piensan que la única manera de resolver o transcender la sangrienta crisis es dejar que Siria continúe con su “catarsis”. Mi opinión es la contraria, lo que ocurrió desde el principio, y así lo señalé, fue facilitar la vía hacia una guerra civil en lugar de buscar un acuerdo a través de una solución político-diplomática.

Hoy podríamos continuar como hasta ahora, dejar que pase el tiempo y que los enfrentamientos y la desesperación terminen por aconsejar la búsqueda de una solución negociada. Por el contrario, podríamos acelerar y exigir con determinación un final de la crisis de forma urgente ¡O es que nos vamos a acostumbrar a convivir con conflictos regionales permanentes en los que la muerte y la destrucción forman parte de lo cotidiano! ¿Cómo es posible que todavía seamos incapaces de imponer un “alto el fuego” en Siria? ¿A qué esperamos? Si repasamos los numerosos conflictos que ha sufrido el mundo después de la Segunda Guerra Mundial constatamos que siempre se alcanzó la paz tras un período relativamente corto del cese de las hostilidades. Ocurrió en Korea, Vietnam, en Oriente Medio, en sus distintas guerras, del 56, en el 67, el 73 y en el 82. ¿Por qué no hemos conseguido esto en Siria? Algunos señalan con cierta razón que la culpa estuvo en el veto de Rusia y China en el Consejo de Seguridad. Probablemente eso fue una de las principales razones, pero también hay que añadir que no hubo una diplomacia eficaz que convenciera a estos actores para detener los enfrentamientos.

Con la guerra de Siria hemos asistido a lo que denomino la “drone diplomacy”; es decir, la diplomacia a distancia que no cuenta con enviados sobre el terreno, ni con embajadores acreditados. Hoy en Damasco sólo se encuentran agentes de los servicios de inteligencia, medios informativos y ONG’s para cubrir las necesidades humanitarias. Ya nadie negocia sobre el terreno un final del enfrentamiento, salvo los esfuerzos, siempre difíciles, del represente del Secretario General de NNUU, Staffan de Mistura.

A partir de ahora hay que evitar los errores que se cometieron en la gestión diplomática al principio de la crisis siria. Se proclamó, “urbi et orbe” y justo en las primeras semanas del conflicto, que se quería un cambio de régimen y que Bashar al Assad tenía que marcharse inmediatamente. Posteriormente, se fijaron las líneas rojas que, de infringirse, llevarían a Estados Unidos y a sus aliados a una intervención militar; estas se infringieron y, sin embargo, se buscó una salida negociada para el desmantelamiento químico de Siria, aunque se cerraron los ojos para que la guerra continuase. Se armaron las milicias de la oposición y, con la connivencia de casi todos los actores implicados, se “facilitó” la creación del gran enemigo de Occidente: el Estado Islámico de Irak y el Levante. Se le dotó de armamento y financiación, y se dejó que ocupase el espacio político y militar de una oposición moderada y moderna, aunque esto no se sostuvo. En lugar de abonar el terreno de la “diplomacia, el dialogo y la política” se optó por la opción militar, donde las milicias de “Al Nusra “demostraron más capacidad que los representantes racionalistas de una oposición que se sentía más cómoda en los salones de París o Washington, y en las capitales del Golfo.

La gran mayoría de los analistas afirman que la principal responsabilidad recae sobre Bashar al Assad, puede que sea así, pero lo que parece claro es que el Presidente sigue al frente de su gobierno en Damasco. Por qué no se buscó o se busca ahora una fórmula política o diplomática para encontrar una salida negociada, con un calendario, un proceso y un acuerdo razonables que persiga el objetivo prioritario de la defensa del pueblo sirio y se salvaguarde del horror, el caos y la violencia a su ciudadanía. Hace sólo unos días el Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, ha manifestado que “tendrán que negociar con Bashar al Assad”. ¿No se habría podido tomar esta decisión mucho antes…?

Se afirma que las reuniones de Ginebra I y Ginebra II fueron dos intentos fallidos; puede ser, pero en diplomacia cuando hay un fracaso siempre hay que perseguir una solución. ¿Por qué no convocar urgentemente un Ginebra III bajo otros parámetros y otras participaciones? ¿Cómo es posible que todos coincidan en señalar a Irán como un actor fundamental en el apoyo al régimen sirio con influencia y capacidad de actuación y, sin embrago, se le excluya de la mesa de negociaciones? Eso sí, se habla con Irán para frenar su capacidad futura de destrucción nuclear pero, ¿por qué no se dialoga con Teherán para poner punto final a la guerra de Siria?

4. Algunas excepciones: Marruecos y Argelia

Junto a esta desestabilización generalizada y cada día más preocupante en la zona oriental del Mediterráneo, que afecta al futuro de lo que denominamos Oriente Próximo, el Magreb, a excepción de Libia, ha sabido mostrar una mayor capacidad de adaptación a los nuevos desafíos del futuro. Como he señalado, Túnez ha superado diversas etapas en su construcción democrática y se espera que reciba el apoyo urgente e incondicional de la comunidad internacional. Junto a Túnez, Marruecos y Argelia han sido capaces de afrontar los retos de cambio de las sociedades árabes y tomar medidas para adaptarse a los nuevos aires de revisión y reforma político-social.

Marruecos.

El Reino Alauí es el caso más significativo. La visión y la estrategia del Rey Mohamed VI, que ha impulsado cambios en el texto constitucional, ha satisfecho las aspiraciones legítimas de los ciudadanos al ceder parte de sus competencias a los gobiernos elegidos democráticamente. Ha sabido interpretar eficazmente la utilización de los tiempos en el proceso de reformas del país, siempre bajo el enfoque de la monarquía. Marruecos es hoy sin duda un país que ha conciliado adecuadamente tradición y cambio y que avanza, gracias a sus buenas relaciones con Europa, hacia un proceso de modernización de manera gradual y constante.

Argelia.

Este país, por otras razones, también ha sabido sortear con éxito las tendencias desestabilizadoras presentes en los restantes países árabes durante estos últimos años. Conscientes de las décadas difíciles de violencia terrorista y enfrentamiento interno, ha preferido apostar por un proceso propio de reforma, controlado y pacífico.

Estos dos grandes países, Marruecos y Argelia, deberían constituir los pilares fundamentales en el proceso de cambio en la región. Estaríamos muy satisfechos de ser testigos de una reconciliación bilateral rápida que pusiese punto y final al histórico contencioso del Sahara Occidental.

Crisis enquistada: la Paz en Oriente Medio.

Las negociaciones entre israelíes y palestinos han sido en todo momento un factor desestabilizador en el proceso de cooperación euro-mediterráneo. Han sido muchos los intentos que han tratado de encapsular el conflicto israelo-palestino en la política mediterránea. También otros enfoques europeos quisieron privilegiar al Mediterráneo Occidental y resucitar iniciativas como el 5+5. Todo es más fácil entre el Magreb y los países europeos del Sur, nos dicen algunos analistas. Y sin embargo, la cuestión israelo-palestina termina siempre por aparecer y exigir una solución urgente. Parece que los dirigentes políticos quieren cerrar los ojos ante una realidad siempre molesta y difícil de resolver. La solución de “dos Estados” que vivan en paz y seguridad es una pre-condición para que se pueda establecer verdaderamente un marco de paz, seguridad y prosperidad en el Mediterráneo. No aciertan aquellos que consideran que excluyendo este conflicto se puede construir otro tipo de arquitectura diplomática. Hoy más que nunca deberíamos utilizar los distintos foros mediterráneos para impulsar una solución definitiva al conflicto israelo-palestino.

5. Europa ante los nuevos desafíos mediterráneos

Hoy no caben más excusas y los problemas están frente a nosotros. No son predicciones o hipótesis. La Unión Europea no puede adoptar “la política de la avestruz” y esconderse tras la inacción. Hace falta una nueva visión, una nueva estrategia y un nuevo proyecto para el Mediterráneo. Deberíamos comprender que esta región no es una zona marginal. Europa debe ponerse al frente, junto con los países ribereños del Sur, para otorgar una nueva centralidad del Mediterráneo.

En los esquemas geopolíticos, donde las cuestiones de seguridad se entrelazan, es difícil ignorar las raíces de los principales riesgos y oportunidades para el futuro europeo. El desarrollo económico sostenible, el terrorismo global, la inmigración clandestina, la dependencia energética, la seguridad alimentaria, las epidemias, el cambio climático y la convivencia o enfrentamiento entre culturas, tienen todo su origen y proyección dentro de un espacio vertical: Europa, Mediterráneo y África.

El Mediterráneo es el punto de unión entre los dos continentes y, por tanto, el centro de gravedad donde se pueden establecer las políticas y las instituciones para hacer frente a esta nueva realidad y, por ello, Europa no puede ignorar su espacio central geopolítico: el Mediterráneo.