Europa hipoteca su futuro

El último Consejo Europeo, del 7 y 8 de febrero, me ha hecho revivir momentos y situaciones a los que asistí en la gestión de las anteriores perspectivas financieras de la Unión Europea. Puedo testimoniar que las negociaciones del marco financiero plurianual son difíciles y laboriosas. Se prolongan noche y día en la búsqueda de la defensa de los intereses nacionales y para que éstos refuercen, a su vez, el interés europeo. Ha concluido el Consejo Europeo en el que se han aprobado las nuevas perspectivas financieras 2014-2021, cuyas cuentas han sido calificadas por destacados miembros del Parlamento y de la propia Comisión como ridículas y mediocres.

Parece evidente que Europa ha perdido en su conjunto. Y ha dado un paso atrás, al tiempo que hipoteca su futuro. Por primera vez en la historia, y cuando más se necesitan unos presupuestos expansivos, éstos son inferiores a los del ejercicio anterior en 33.000 millones de euros. Y todo ello, sin contar que hemos de pasado de 27 a 28 Estados miembros y que deberían haber aumentado los distintos capítulos presupuestarios en un porcentaje razonable, si se toma en consideración el lógico incremento fraccionario. Aunque lo más graves es que el nuevo marco financiero plurianual que necesita la Europa de hoy y de mañana no favorecerá el crecimiento y no impulsará el desarrollo de una nueva dinámica económica y social, y nos transporta a una situación peor que la del año 2007.

No entraré aquí a comentar los logros de la delegación española, que imagino que habrá realizado los mayores esfuerzos por defender la posición de nuestro país, aunque al balance final, sin valorar los comentarios triunfalistas, le deparan malos augurios. Habrá que analizar la letra pequeña y la aplicación real de los distintos fondos para establecer con rigor una evaluación objetiva sobre la proyección de resultados.

Lamentablemente, han triunfado las tesis de aquellos países que tienen una visión contraria a la mayoría de los ciudadanos europeos: construir más Europa. Pero, ¿cómo pueden imponerse las tesis de un país que quiere abandonar la Unión y de otro que ha profundizado en la depresión social y económica que nos ha llevado al estancamiento? El resultado no es sólo que no se haya aumentado el presupuesto europeo en cifras absolutas, sino que se han reducido a límites inaceptables los recursos económicos destinados a aquellos sectores que son los principales motores del relanzamiento de la Unión. Se han recortado los gastos en infraestructuras, redes de transporte y conexiones energéticas y, prácticamente, se ha abandonado el Fondo Tecnológico que logró el anterior Gobierno español, en las perspectivas financieras 2007-2013, con el fin de apoyar y promover proyectos de I+D+i. Eso sí, se crea un fondo para la lucha contra el paro juvenil aunque, paradójicamente, no se promueven las condiciones para impulsar empleos innovadores y de calidad.

En cuanto a la proyección exterior de la Unión Europea, tampoco obtiene los fondos necesarios para impulsar una política y acción exterior comunes, lo que nos relegará a un papel irrelevante en el mundo. Parece que los líderes europeos no han entendido el mensaje que el jurado de la Fundación Nobel quiso transmitirles con la concesión del premio y no se afanan por hacer de Europa un referente global en materia de democracia avanzada y bienestar social.

Espero y deseo que, gracias al Tratado de Lisboa, el Parlamento Europeo ejerza su responsabilidad y rechace de plano estos presupuestos. Eso es lo que esperamos los ciudadanos y es nuestra última esperanza para que los actuales gobiernos de la Unión reciban nuestra censura, más que justificada, porque los ciudadanos europeos no estamos dispuestos a hipotecar aún más nuestro futuro.