Barcelona fue la puesta de largo de la diplomacia europea

En noviembre de 1995 Miguel Ángel Moratinos era el director general de Política Exterior para África y Oriente Medio y desde esta posición en el Ministerio de Exteriores español fue uno de los hombres clave en la preparación y ejecución de la Conferencia Euromediterránea que alumbró el proceso de Barcelona. Posteriormente fue el enviado de la UE para el proceso de paz árabe-israelí y, más tarde, ministro de Exteriores.

Si se lee la Declaración de Barcelona, que se fija el propósito de crear un espacio de paz, seguridad y prosperidad en el Mediterráneo, nada parece más alejado de la situación actual…

— Pero el objetivo sigue siendo el mismo. No hay nada que cambiar en aquella declaración, sigue siendo plenamente vigente. Es verdad que hoy la situación es de enorme confusión, violencia, estancamiento, conflicto, pero eso no es motivo para renunciar a las grandes metas que se fijaron en Barcelona hace 20 años.

— ¿Cómo recuerda aquel evento?

— Tuvo lo que toda política tiene que tener: una idea, un horizonte, una voluntad y una estrategia. Y la diplomacia española tuvo la osadía y la visión estratégica de que había llegado el momento de una iniciativa diplomática de diferente calado, muy compleja y difícil. Se trataba de poner en la misma mesa a todos, incluidos árabes e israelís, y crear un marco de relación diferente. Hasta entonces todas las iniciativas habían sido parciales. Por primera vez incorporamos la cuestión cultural, que hoy en día es la que está dinamitando las relaciones entre Occidente y el mundo árabe y musulmán.

— ¿Y qué más?

— Otra de las grandes aportaciones es que era un proceso europeo. Fue la puesta de largo de la diplomacia europea. Europa creyó por primera vez que podía hacer política exterior. Aprobar la Declaración de Barcelona fue una gran satisfacción. El problema es que después el proceso se fue desarrollando sin el seguimiento, el esfuerzo y el compromiso necesario.

—  La vertiente económica preveía una zona de libre cambio para el 2010.

— Sí, pero el problema principal no era ese. El problema principal es que los aspectos políticos de reforma, de Estado de Derecho, de respeto a los derechos humanos, se fueron abandonando. Y cuando no se reforma hay ruptura. Y así llegaron las primaveras árabes. También ocurrió que Europa renunció a tratar de resolver el conflicto de Oriente Próximo [entre Israel y los palestinos].

— Por no cargar solo las tintas en la UE, ¿no cree que los países del sur y el este del Mediterráneo también desaprovecharon la oportunidad de modernizar sus economías y sus instituciones?

— Indudablemente. Aquellos en los que el proceso de modernización política, económica y social estaba más avanzado, como Marruecos, lo supieron aprovechar más. ¿Por qué surge la revolución de los jazmines en Túnez?. Aparte del hartazgo de la población y el rechazo a la corrupción y la autocracia del Gobierno de Ben Alí, es porque las clases medias y liberales estaban formadas para esto; porque eran las más beneficiarias del proceso de modernización económica y social que habían iniciado.

— ¿Dónde estamos ahora en política euromediterránea?

— El proceso euromediterráneo se ha ido adaptando y la UpM fue un intento válido de adaptación. Pero después tampoco hubo suficiente impulso político. Después de la cumbre de París del 2008, intentamos en el 2010, en presidencia española, celebrar otra cumbre, pero los europeos ya habían perdido interés. Porque estos europeos que ahora están reclamando intervenciones militares, intervenciones en materia de refugiados, intervenciones en la necesidad de protegernos frente al islamismo radical, son esos mismos europeos que ignoraron totalmente lo que nosotros, modestamente, en los años 80 y 90, sabíamos que iba a pasar. Barcelona no lo creamos para hacer un brindis al sol; lo creamos porque sabíamos el desafío que teníamos a las puertas de nuestras fronteras. Lo que hace falta es tener un proyecto para el Mediterráneo.

— ¿No hay proyecto para el Mediterráneo?

— ¿Qué proyecto? ¿Una Europa fortaleza o una Europa que comparte su futuro con los socios del sur? ¿Queremos ser un oasis de prosperidad frente al desierto del subdesarrollo? A los vecinos no se les escoge. La historia y la geografía te los impone; estarán ahí y, por lo tanto, lo que tienes que hacer es lograr que puedan desarrollarse adecuadamente.

— ¿Con  unas sociedades europeas que ahora se sienten amenazadas, con atentados como los de París, es posible desarrollar este proyecto?

— Yo no sé si es posible. El impacto va a ser negativo, porque desgraciadamente el miedo y la inseguridad se han apropiado de la psicología colectiva, cosa comprensible. Pero ahí está la grandeza de la política. No es caer en la inmediatez del horror, es crear nuevos espacios de convivencia para el futuro, pero lógicamente lo más fácil es cerrar las puertas.

— ¿Qué perspectivas hay de futuro?

— Está todo en juego. Está todo por construir. Nos va nuestro propio devenir histórico. Si Europa quiere seguir siendo un actor relevante tendrá que comprometerse seriamente y el primer paso que debería dar es reconocer al Estado palestino. No bastan las iniciativas de guerra, hacen falta también iniciativas de paz. Una iniciativa de paz reconciliaría a Europa y al mundo occidental con todo el mundo árabe y musulmán.

 Entrevista realizada por Montserrat Radigales / Madrid

para El periódico.com